En pleno verano australiano, con temperaturas extremas era necesario llegar a primera hora al Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta, antes del amanecer, esperaban 10 km de sendero alrededor de la base del sagrado monte Uluru.
Este magnífico monolito era solo el exterior de una gran masa de roca tapada por tierra, estaba en territorio del pueblo aborigen Anangu.
La ubicación de Uluru y la vida de los anangus se desarrolló
en una zona muy árida, lejana a las costas, en pleno centro de Australia.
Una de las características del pueblo Anangu a lo largo de
los siglos era admirar el carácter sagrado de la naturaleza, por lo que esta
montaña, para los aborígenes fue perfilada por los ancestros; Las cavidades
rocosas de Uluru tenían pinturas rupestres, cada cueva guardaba una historia
transmitida hasta nuestros días.
Recorrerla con respeto era imprescindible, el silencio solo
se rompía con el viento, Uluru transmitía misterio, fuerza, pero el espectáculo
comenzó al amanecer cuando la arenisca cambiaba de colores en función de la luz
del sol, los tonos rojizos, anaranjados, grises se intensificaban.
Millones de años en forma de gran roca, paisaje desértico
alrededor, lo que antes fue mar interior ahora se podía contemplar y vivir.
Al finalizar la ruta, a primera hora de la mañana, el calor
se notaba, de regreso a la localidad de Yulara,
la silueta de Uluru se alejaba, uno de los símbolos más conocidos de
Australia quedaba mimetizado en el paisaje.
La despedida visual de la gran roca fue desde el avión que
despegó en el Aeropuerto de Ayers Rock.
Actualmente el pueblo Anangu, además de proteger el monte
Uluru, cuenta con talleres de pintura de
puntos y signos, modernizando el legado de sus antepasados, productos que se muestran en el Centro
Cultural Uluru-Kata Tjuta.
El monolito de Uluru fue toda una experiencia repleta de
vida, historias y mucha paz.
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