El mirador Bennelong recordaba al primer nativo que medió
entre el pueblo originario y los europeos colonizadores, en reconocimiento a su
labor se le facilitó una cabaña donde actualmente brilla el edificio más famoso
de Sidney, La Opera, Patrimonio Mundial desde 2007, diseñada por el arquitecto Jørn
Utzon.
Desde La Opera las vistas al Puente de la Bahía de Sidney, Harbour Bridge, eran perfectas para
contemplar la conexión de la ciudad con los barrios del norte, también se podía
ver la zona portuaria de Circular Quay, muy animada con restaurantes y
comercios,
A pie de mar, el embarcadero con el movimiento constante de
ferris y taxis acuáticos y muy cerca una estación de tren, Sidney estaba en
pleno ajetreo.
Los primeros colonos se establecieron en el barrio The Rocks,
todavía se podían ver edificios de
piedra, antiguos espacios destinados a almacenes y actividad pública.
Sidney lucía espectacular, especialmente el parque Domain, Domain Park, allí estaba el Real Jardín
Botánico, el más antiguo de Australia, un gran espacio abierto, gratuito,
también lugar para grandes eventos.
Aves como cacatúas, urracas, ibis, hacían conectar naturaleza
y ciudad en el parque Domain.
El edificio histórico de la Reina Victorial, Queen Victoria Building , con tiendas,
cafeterías fue una parada necesaria para detenerse en los detalles decorativos
de épocas pasadas, a la vez que, parar y detenerse para valorar todo lo vivido.
Tomando un tren hasta la localidad de Katoomba, esperaba la
entrada al Parque Nacional Montañas Azules, Blue
Mountains, catalogado patrimonio mundial, con una panorámica excepcional en
el mirador Echo Point de formaciones rocosas, cascadas y paisajes, como el de Las
Tres Hermanas, Three Sisters, con
leyenda popular de familiares convertidos en grandes moles de piedra.
Quedaba caminar por el paseo costero de Sidney, Coastal Walk, una maravilla marítima,
con increíbles acantilados, playas de arenas blancas, distintos ambientes,
La gran playa de Tamarama, más abierta al oleaje, en contraste la de Bronte
frecuentada por familias, Clovelly sorprendía con el cementerio de Waverley al
filo de acantilados, asomaba a lo lejos
la amplísima Bondi Beach, que daba para actividades de surf, muy popular y
accesible en bus, aunque estaba repleta de gente, había tanto espacio que era acogedora por su extensión, superficie.
El ambiente en Bondi Beach inmejorable, una playa eterna,
para siempre, muy acogedora y abierta para todo el mundo.
Al día siguiente tocaba tomar un vuelo doméstico a primera
hora de la mañana, en el nuevo destino a la llegada por la tarde-noche al
alojamiento, saltaba la noticia del atentado en Bondi Beach, impactada, cerré
los ojos, lloraba viendo las imágenes del tiroteo.
Siempre Bondi Beach será las colinas cambiantes de arenas móviles por los vientos, las plantas, los vigilantes, socorristas, un trajín continuo de gentes que disfrutan de un paisaje costero único, pero especialmente allí se notaba lo que sentí en Australia, un país abierto al mundo y creo que eso, no cambiará.
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