Las montañas del Rif cobijaban en sus laderas a uno de los pueblos más atractivos de Marruecos, Chefchaouen.
Antes de
alcanzar las primeras vistas azules de Chauen, multitud de puestos artesanales
a pie de carretera mantenían inalterable la cultura andalusí mezclada con la
Caminando entre
sus callejuelas, las chilabas en movimiento se camuflaban entre puertas, escalones
y paredes celestes.
En las zonas
más elevadas de Chauen las paradas permitían unir el azul del pueblo con el del
cielo, más el contraste de las montañas que la rodeaban.
Además del
azul, en la Plaza Uta el Hammam, la Alcazaba o Kasbah, fue una estructura
defensiva, actualmente en pleno centro de la medina, pero de colores rojizos y
arcilla.
Especialmente
al atardecer, el ambiente en la Plaza Uta el Hammam era trepidante, auténtico, fundiéndose residentes y
visitantes, sólo había que dejarse llevar y vivirla.
La experiencia
visual en Chauen era cambiante en función de la luz de día o noche, los
celestes y azules eran distintos, los matices dorados al amanecer, la fuerza
del mediodía, sombras en la tarde y colores más profundos en la noche.
Chauen me
recordaba Andalucía.
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